La experiencia de leer teatro a la que me refiero es aquella que se vive íntima e individualmente. Algunos de vosotros os preguntaréis: "¿Podría ser de otra forma?". Sin duda, podría ser. Cualquier situación que impidiera o limitara, del modo que fuere, nuestra libertad de expresión emocional resultaría inadecuada, o contraria al modo sugerido.
En
la obra de teatro leída, tú eres siempre el personaje principal, o
protagonista. Y también el deuteragonista o secundario, y aun el
tritagonista. Serás el oponente al lucido héroe, mujer siendo hombre,
varón en tu feminidad, villano por tener adentros nobles, capaz si
reconoces tu torpeza, miserable, cuando intentas vivir con dignidad.
La narrativa teatral es mucho más compleja que la utilizada normalmente para la novela. En esta última, las descripciones suelen ser amplias y minuciosas, muy detalladas. En teatro, sin embargo, hemos de sugerir ―y cada vez menos― solamente cosas para que el lector vivencie la obra, la individualice y adapte a su historia personal. Los gestos adecuadamente señalados, las voces tintadas de emoción verdadera, el juego de los símbolos, el decorado, la luz, lo implícito...
¡Lo implícito! ¡Ese es el secreto!: servir honestamente a la imaginación de quien leyere. Y cuando ese alguien descubre para sí lo que el autor solo apuntó, renuncia entonces a la pasividad, a la contemplación e inventa decires, reacciones que le transportan a la parte viva del texto, allí donde se siente confortablemente solo, libre para integrarse con los personajes y representarse.
F J P S